La filología y yo

Hace más de 20 años que decidí que iba a estudiar Filología. 20 añitos, casi nada, desde que aquella jovencita de dieciocho años se pasó un verano entero intentando convencer a todos de que no estaba tirando su brillante nota ni su futuro al elegir una “carrera sin salidas” (que yo no sabía a dónde tenía que salir, la verdad). Como si sacar buenas notas fuera culpa mía, si no podía evitar ser una empollona redomada. No os penséis que fue fácil elegir mi camino, porque yo misma dudaba a veces, pero siempre se imponía el convencimiento de que las decisiones hay que tomarlas equilibrando cabeza y corazón.
Dos décadas después, no me arrepiento de ninguno de los pasos que di, salvo, quizás, el de no haberme puesto a escribir en serio mucho antes. Me encanta mi trabajo como profesora, me encanta vivir entre palabras, me encanta hacer cosas muy frikis como intentar averiguar la procedencia geográfica de alguien por cómo escribe o habla.
Si hay un consejo que siempre doy a mis alumnos es que hagan aquello que les entusiasme. No es garantía de triunfo, y menos en el mundo de hoy, pero al menos los posibilidades de que se sientan satisfechos serán un poquito mayores.

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